Gracias a los clásicos
José Ramón Ayllón (Cantabria 1955). Conferenciante y escritor sobre temas que abordan la formación de adolescentes y la educación en valores. Ha sido finalista de los premios de ensayo Anagrama y Martínez Roca, con Desfile de modelos (Rialp) y La buena vida (Martínez Roca). Recientemente ha publicado Diez claves en la Educación (Styria). En Bruño ha publicado también Vigo es Vivaldi y Diario de Paula.
Hace siglos, muchos lectores de la nobleza -el doncel Sigüenza, entre otros- se hacían representar en sus tumbas de mármol o de bronce con un libro en las manos, sin duda con la ilusión de hacer la muerte más llevadera. Eran tiempos donde los libros eran escasos. Tan escasos que en las bibliotecas estaban atados con una gruesa cadena, reforzada con amenaza de excomunión para el que robara uno. Los libros eran tan valiosos que Bocaccio no dudó en entregar su caballo a cambio de uno de ellos, y un caballo era algo más que coche en aquel tiempo. Hoy las cosas han cambiado. Uno de los mejores humoristas europeos dibujaba, en una viñeta, a dos jóvenes hermanos –chico y chica- leyendo tranquilamente en un sofá de su casa. Así son sorprendidos por su padre, que les recrimina su actitud con estas palabras: “Parece mentira… Se os deja media hora solas y apagáis la tele y el ordenador, y os ponéis a leer… ¿Y queréis que confiemos en vosotros!”
Con ironía, ese humorista se suma a una denuncia casi generalizada_ la marea audiovisual que nos invade está provocando, más que un cambio cultural, una auténtica mutación. Está transformando al homo sapiens, producto de la cultura escrita, en homo videns, infraeducado por la imagen. Si la palabra –escuchada o leída- transmite conceptos que nos ayudan a entender el mundo, la imagen solo se transmite a sí misma, y suele adormecer la capacidad de pensar y entender. Por eso padres y profesores se enfrentan hoy a un reto sin precedentes en la Historia: la educación de videoniños, de criaturas que pasan más tiempo en el mundo virtual de una pantalla que en el mundo real. Esta situación es alarmante y hace que la cultura escrita sea más necesaria que nunca.
El valor de los libros. No es inoportuno recordar que este país –como cualquier otro- necesita buenos lectores. Muchísima gente joven reconoce que apenas lee, y cuando lo hace es por obligación y con una inmensa desgana: “Ayer estaba tan aburrido –me decía un alumno- que hasta me puse a leer un libro”. Mi alumno no sabía que el libro es el instrumento de humanización que nos saca del estado de homo neandhertalensis en que todos nacemos. Tampoco sabía que un buen libro es la plenitud de esa humanización, y que lo necesitamos para pensar y sentir, para esclarecer la realidad y el laberinto del mundo. Porque lo cierto es que vivimos en un mundo con sobredosis de información y de mensajes contradictorios, donde a menudo “lo bello es feo y lo feo es bello”, como cantaban las rujas que engañaron a Macbeth. Con frecuencia –dice Tagore- leemos el mundo al revés y luego nos extrañamos de no entender nada. Necesitamos el libro –ha dicho un premio Cervantes- para vivir la verdadera vida, que está por encima de la ficción política. Para vivir libres de la preocupación de nosotros mismos. Para arrojar luz y placer en las mañanas del mundo que nos son concedidas.
Hay mucha verdad en estas palalbras, porque vivimos en unos tiempos muy politiados, muy ideologizados, en medio de ideas contradictorias, y toda esa complejidad necesita el orden y la claridad que puede aportar la lectura selecta.
Si las grandes ideas que configuran la realidad están en el ambiente de forma profusa, difusa y confusa, también están expresadas de forma clara y sencilla en buenos libros.
Los padres de Mafalda no necesitaron leer mucho para educar a una niña que lo quería saber todo. Vivían en un mundo sencillo de entender y de explicar, integrado por dos grandes bloques que ofrecían dos concepciones de la política, de la economía, del hombre y de la vida. Hoy, los padres y los profesores de Mafalda hubieran tenido que leer mucho –y hubieran tenido que recomendar a la niña algunos libros- para entender un complejísimo multiculturalismo donde reina el dogma del relativismo, con los mismos efectos de un SIDA intelectual y moral.
El valor de los clásicos. Me estoy refiriendo a buenos libros, a lecturas selectas, pues es evidente –como lamentaba Borges- que cada vez se publican más tonterías. Y estoy pensando, como es lógico, en los clásicos. ¿Qué es un clásico? Es el escritor que tiene un puesto entre los mejores, ganado por mayoría absoluta en la más democrática de las votaciones: la de todos los lectores de todos los siglos. Italo Calvino dice que un libro es clásico cuando lo estás leyendo y notas que el mundo que te rodea queda reducido a ruido de fondo. Tal vez durante días y semanas… ¿No nos ha pasado eso con Ulises y Penélope, o con Rodian Raskolnikof y Sonia, o con Gandalf y Frodo, con Platero, con Atticus Finch, con el rey Lear, con Calixto y Melibea, con Segismundo y don Quijote, con Harry potter?
Un clásico de la literatura es, en primer lugar, un virtuoso de la técnica: un escritor que ha manejado la pluma como Zidanne el balón de fútbol, como Michael Jordan el balón de basket, como Sampras la raqueta, como Cyrano la espada. Pero esta comparación no es del todo apropiada, porque un clásico es mucho más que un virtuoso del lenguaje: se puede ser muy brillante y no decir nada, hacer un alarde de verborrea, ser un perfecto charlatán. Para ser clásico no b asta el dominio perfecto de la palabra escrita. ¿Por qué? Porque la misión de la palabra –muy por encima de la brillant4ez, del colorido, del mero sonar bien- es comunicar, transmitir, interpretar la realidad. El mito platónico de la caverna viene a decir que vivimos en un mundo de sombras, donde reina la penumbra, y que vivir de forma inteligente significa abrir bien los ojos para entender el mundo y nuestra misión, para interpretar bien nuestro papel. Algo muy similar leemos en La vida es sueño y en El gran teatro del mundo. Si todo escritor debe iluminar la caverna en la que vivimos, un clásico es el escritor que más luz emite, el que es capaz de ayudarnos a entender cuestiones tan importantes y misteriosas como el amor, el sufrimiento, la libertad, la muerte, y lo único más importante que la vida: el sentido de la vida. Para Ander por la vida solo necesitamos saber dos cosas. Qué es la vida y quiénes somos nosotros. Pero esa sabiduría se nos escapa a menudo, pues el ser humano es mucho más complicado que la maquinaria más compleja. Pascal nos dice que apenas sabemos lo que es un cuerpo; menos aún lo que es un espíritu; y no tenemos ni idea de cómo un cuerpo puede estar unido a un espíritu, aunque eso somos nosotros. “Un animal racional es una mezcla explosiva”, leí en un examen escrito. Y es verdad, pues hemos inventado la música de cámara y la cámara de gas.
De ahí nuestro respeto a los libros, en consonancia con nuestro afán por conocernos a nosotros mismos. Por eso entendemos a Maquiavelo, cuando escribe aquella espléndida carta a Vetturi, donde se pinta a sí mismo en el trance de la lectura. “Venuta la sera, mi ritorno in casa, et entro nell mio scrittorio”, le dice: “Cuando cae la tarde, me vuelvo a casa y entro en mi escritorio. Pero antes me quito el vestido diario y me pongo el traje con que he visitado a los reyes y a la curia. Con esa elegancia entro en la corte de los hombres antiguos y soy recibido por ellos con afecto. Allí me alimento de aquella comida que es sólo para mí, pues yo para ella nací. Y no me avergüenzo en hablar con ellos: les pregunto la razón de sus acciones y ellos, por su humanidad, me responden. Y durante cuatro horas no siento tedio, olvido todo afán, no temo a la pobreza, no me aterra la muerte: todo yo me convierto en ellos”.
Diez clásicos.
Propongo, para concluir, diez libros que merecen un 10 y cumplen una triple y deseable exigencia: amueblan la cabeza, fortalecen los motivos y educan la sensibilidad.
1.- Homero: Odisea
2.- Platón: Apología de Sócrates
3.- Marco Aurelio: Meditaciones
4.- San Agustín: Confesiones
5.- Shakespeare: Macbeth
6.- Dostoievski: Crimen y castigo
7.- Orwell: Rebelión en la granja
8.- Marisa Madieri: Verde agua
9.- Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido
10.- Cervantes: Don Quijote de la Mancha
"Selección Literaria", Revista Librerías Troa, nº 2, Madrid, febrero de 2006, sgenerales@troa.es
