Concepción Naval, natural de Lleida, es Doctora en Filosofía y Letras por la Universidad de Navarra, Vicerrectora de Ordenación Académica y Profesora Agregada de Teoría de la Educación en este mismo centro. Miembro fundador de Politeia y vinculada a redes internacionales en el área de la promoción de la educación cívica y la participación social. Y acaba de publicar el libro “Educación y Ciudadanía en una sociedad democrática”
Es un hecho constatado en las últimas décadas, en el mundo occidental, lo que podríamos llamar el “ascenso del civismo o, más bien, la creciente conciencia de la necesidad de subrayar las dimensiones sociales, cívicas, de la vida y de las relaciones humanas. Se contempla a la educación como el medio adecuado para ayudar a la convivencia ciudadana: educar para, en y sobre la vida ciudadana. Se ve la educación como el horizonte de esperanza para el mantenimiento, consolidación y regeneración de las democracias, aunque en muchos casos se desconoce en parte el sentido profundo que la educación tiene. Si es educación tendrá que ser personal, y si es personal no puede prescindir de los aspectos morales.
Pero, ¿qué se quiere significar cuando decimos educación para la vida ciudadana? Esta parece ser la pregunta que permanece sin una respuesta adecuada, a pesar de reclamarla con tanta insistencia en las sociedades democráticas.
Una de las críticas que se hacen actualmente a este aspecto de la educación apunta a la falta de un marco teórico adecuado. Es decir, qué idea de ciudadano tenemos; o cómo se ven o querrían verse a sí mismos esos niños y niñas, esos estudiantes, al realizar actividades cívicas o sociales, de voluntariado, etc. Los medios son importantes, pero más lo son los fines. ¿Qué educación se busca promover?, y, ¿para qué ciudadanía?, no sólo la que ya hay, sino señalando el adónde sería deseable llegar.
Es habitual encontrar en las respuestas que se dan a esta pregunta, una referencia a la necesidad de apuntar a tres niveles: conocimientos, actitudes (hábitos, virtudes sociales, valores) y habilidades o destrezas (fundamentalmente participativas y comunicativas). Pero este esquema pide una reflexión ulterior sobre qué conocimientos, qué actitudes o qué habilidades. No parece que vaya a haber problema para conseguir un acuerdo respecto a las destrezas o habilidades, pero sí lo hay, y notable, respecto a qué conocimientos, y más sin duda respecto a qué actitudes, llámense hábitos cívicos, virtudes sociales o valores.
Esto es así dado que una persona educada es aquella que tiene una forma de vida valiosa y deseable por sí misma, y no porque sea útil para otra cosa. La educación implica desarrollo intelectual y no sólo haber adquirido unas habilidades o destrezas operativas. Si alguien ignora por qué y para qué hace algo, podrá ser apreciado y solicitado como un excelente técnico, pero no será una persona educada. La educación implica sobre todo la compresión de los principios de actuación. Entonces los conocimientos adquiridos influirán en su visión del mundo y su sentido de la vida, potenciando su actividad ordinaria.
Así que se ve la necesidad de situar toda educación para la ciudadanía en el marco más amplio de la educación estética, afectiva, moral e intelectual; es decir, en el horizonte de una educación integral, ya que la vida social es parte de la vida moral, y lo moral no se reduce a lo social.
Toda educación cívica, como toda educación en general, encierra en su seno un concepto de hombre y mujer, que se refiere a un ser que por supuesto no vive inerte, sino situado, enraizado en una realidad histórica y socio-cultural concreta. Pero reducirle sólo a su dimensión social, sería dejarle malparado, con escasas defensas para sobrevivir moralmente; sin referentes más allá de las tradiciones en las que nace o crece.
Así cabe plantearse –y es la pregunta a la que una adecuada educación ciudadana debería responder-: ¿cómo debería ser entendida y realizada la educación, en su vertiente social, para que sea un catalizador en el proceso de potenciación de la dignidad humana y de la libertad, en el marco de una búsqueda del bien común? De hecho, marginar la educación moral, sustituyéndola por una instrucción cívica, supondría un peligro para la vida política.
Ortega ya se lamentó en su día de la pretensión de reducir la enseñanza de la ética a una educación para la convivencia, o, dicho de otro modo, de la ceguera que supone pensar la tarea educativa de humanizar al hombre como mera socialización. Nadie duda de la necesidad de una formación de ciudadanos, pero ésta no es suficiente: hace falta una formación de personas. Y es un elemento esencial en ese sentido adquirir criterios éticos, y junto a la educación del juicio moral, la del carácter moral.
Comenta Bloom en Gigantes y enanos (1991, 61) algo que me parece sugerente, y así terminamos:
“Schiller señaló que los tiempos modernos se caracterizan por la ciencia abstracta, por un lado, y las groseras pasiones, por otro, y que las dos esferas no guardan ninguna relación. Un hombre libre y buen ciudadano debe conservar una armonía natural entre sus pasiones y sus conocimientos; esto es lo que se entiende por un hombre ejemplar, y esa clase de hombre es lo que hoy parecemos incapaces de formar. Sabemos que una ciencia política que no abarque los fenómenos morales es incompleta y que un arte que no esté inspirado por la pasión de la justicia es trivial”.
Revista “Selección Literaria”, Edita Librerías Troa, octubre de 2006, nº 9, páginas 36 y 37.

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