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La Coctelera

El sobrino de Atilano Nicolás

... y otras historias

6 Noviembre 2006

Rebelión Social

Mª José Borrego Gutiérrez. Nacida en Zamora en 1973. Es Doctora en Farmacología por la Universidad Complutense de Madrid. En la actualidad es Profesora Adjunta de Genética y Bioética En la Universidad CEU San Pablo de Madrid y Secretaria Local del Instituto de Humanidades Ángel Ayala. Miembro del GIB: Grupo Interdisciplinar de Bioética de la Universidad CEU San Pablo.
En una interesante conversación con un grupo de alumnos tras finalizar mi clase comenzamos a hablar de la verdad: ¿existe la verdad? ¿se puede llegar a conocer? Y esa verdad ¿es única? o ¿pueden existir varias verdades? Intentando partir de la propia naturaleza humana creo que al menos pudimos llegar a comprender que esa naturaleza ya no es intocable, que a pesar de conocer en qué momento biológico comienza la vida, no se respeta cuando así nos interesa. Sólo hay una verdad y la podemos llegar a conocer. Si no fuera así sería cuestionable hasta nuestra propia naturaleza.
Quisiera hacer una reflexión sobre los problemas que vivimos y que nos llevan inevitablemente a la deshumanización de nuestro mundo. Trataré de aportar soluciones a algunas de las batallas que tristemente damos por perdidas.
Existe una tendencia en Occidente a taparse los ojos ante las nuevas formas de totalitarismo. El materialismo capitalista y el materialismo socialista son ya algo caduco en prácticamente todos el mundo; vivimos un materialismo ateo en una sociedad de bienestar de corte capitalista en la que se manifiestan estos conflictos, si cabe, de un modo cada vez más destructivo.
Cada año decenas de millones de personas mueren víctimas del aborto y de la eutanasia. Además de estas prácticas, cada día, se utilizan para la investigación miles de seres humanos en las etapas más primordiales de sus vidas; estamos en vías de que se permita la clonación de seres humanos y nos justificamos con que van a salvar otras vidas. Todas estas experimentaciones se ven avaladas por gran parte de la comunidad científica conscientes, en muchos casos, de las lamentables consecuencias que ello puede significar.
El proyecto de la nueva ley de Biomedicina que será aprobada en breve por nuestros diputados y muy probablemente pasará silencioso e inadvertido por la mayoría de los españoles, está disfrazado de moralidad, pero al leerlo detenidamente y reflexionar sobre su contenido, sale a relucir la verdad de esta ley. En ella observamos una absoluta permisividad en los temas relacionados con la vida humana: es un ataque directo a nuestra propia naturaleza; se permitirá investigar con fetos ya nacidos e incluso vivos si la ciencia sospecha que presentan algún tipo de anomalía o malformación, además de otros muchos ataques contra la vida humana.
Enfermedades de transmisión sexual destrozan la vida de muchos jóvenes dejándoles estériles de por vida o condenándolos a tratamientos farmacológicos durante un largo periodo de sus vidas. Enfermedades como el SIDA u otras enfermedades incurables son consecuencia de los atentados contra nuestra frágil naturaleza.
Problemas sociales como las entradas masivas de inmigrantes que se producen cada día en nuestro mundo rico, con visos de una vida mejor, huyendo del hambre y de la desolación de ver cómo mueren sus niños de enfermedades triviales y fácilmente tratables en Occidente.
Ataques a nuestro planeta con graves consecuencias ecológicas, fruto de la sobreexplotación de los países con menos recursos, asolan el mundo.
Dios perdona, pero las consecuencias de tanta destrucción cada vez se hacen más visibles y vemos cómo la naturaleza humana se quiebra; el hombre moderno no quiere estar preparado para reflexionar sobre esta aterradora realidad. Cerramos las contraventanas de nuestra conciencia y de nuestra alma ante las desgracias que nos rodean y huimos de reflexionar sobre lo que está ocurriendo a nuestro alrededor.
No queremos dejar entrar nuestro buen espíritu en todos los rincones de nuestra alma. Nos sobran los temas que dan que pensar, nos sobran los enfermos aunque sean bien cercanos a nuestro entorno y nos sobra nuestro hijo más deseado cuando tras una prueba prenatal nos dicen que ese niño que tanto deseabas está enfermo e incluso algunos “médicos” animan a sus padres a deshacerse de él.
Cuando, en algunas ocasiones, pretende reflexionar con mis alumnos sobre esta realidad, encuentro la mayoría de las veces pocas ganas de hacernos responsables de este tipo de cuestiones. Preferimos vivir en la ignorancia y no complicar la conciencia. Mis alumnos me reconocen con toda sinceridad que los que más les importa es tener buenos amigos y una vida lo más fácil posible y si se tercia desahogada económicamente. Muchas veces prefieren no profundizar en la verdad de las cosas “ya que se vive mejor así”. Recuerdo una alumna que tras una clase en la que traté la realidad del aborto, se acercó a mí con lágrimas en los ojos, cuando terminó la clase, y me dijo que con qué derecho le hacía yo tener que recordar esta trágica experiencia por la que había pasado unos meses antes.
Vivimos en la sociedad de la falsedad, de utilizar la táctica de la tolerancia y dejar pasar el tiempo a ver qué pasa y si no pasa nada mejor. Pero tenemos que reaccionar con sinceridad y juicio crítico; tenemos que saber pararnos en nuestro ajetreo, cada uno con nuestras circunstancias y en nuestro entorno y saber influir y aprender a hacer de los problemas sociales nuestros problemas; aprender a no callarnos ante la injusticia. Nuestra sociedad sí importa y de nosotros depende el futuro de nuestros hijos. Tenemos que conseguir la responsabilidad de hacer de nuestra sociedad una sociedad digna y respetuosa con el ser humano.
Artículo en “Selección Literaria de Librerías Troa” nº 10, noviembre 2006, páginas 30 y31

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El sobrino de Atilano Nicolás

Valladolid, España
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Atilano Nicolás es apreciado por su criterio justo y perspicaz a la hora de encarar la realidad de su comunidad rural y de compararla con la evolución a la que la sociedad española del siglo XXI nos somete, sin pedirnos permiso. De ese acertado mirar la realidad que nos envuelve y del contraste con el punto de vista de su sobrino "habitante de la ciudad" (El sobrino de Atilano Nicolás) sale la tinta de todos estos artículos, que bien pudieran pertenecer a varias plumas, una de las cuales será sin duda, la tuya, paciente lector.

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