A qué vamos a la escuela I

Como cada día, desde hace 29 años, acudo al aula deseoso de iniciar un diálogo con mis alumnos. Un diálogo con contenidos académicos y también humanos, si se hace necesario. Mis alumnos siempre nuevos, diferentes cada año, intentan jugar su papel de “a ver si conseguimos enrollar al profesor y nos libramos de trabajar unos minutos”. Con los años, el juego de cintura, la destreza del profesor, es mayor y raramente consiguen su objetivo. Al final del curso, un curso duramente trabajado día a día, te dan las gracias doblemente: por la nota final y por el ritmo de trabajo sostenido durante todo el año. No sólo han aprendido unos contenidos y unas destrezas relacionadas con una determinada materia, sino también han aprendido a mantener un diálogo en su papel de alumno y educando con un educador que ha impuesto el suyo.
Dicho así parece un relato de fácil desarrollo pero resulta que las denuncias del profesorado por las agresiones verbales y físicas sufridas en el desempeño de su labor educativa van en aumento, como aumentan las bajas por depresión o las excusas inverosímiles por ausentismo en el trabajo.
Parece que los jóvenes de hoy no quieren ser educandos. Se resisten a admitir el papel del educador como consecuencia de su rechazo a la educación. “Pasan” de aprender y de los que se dedican a enseñar, aunque posean títulos y un currículum brillante.
Pero la prensa cotidiana nos complementa el panorama con el relato de hechos delictivos o violentos en los que los jóvenes no sólo participan, sino que también pierden con frecuencia la vida. Hechos relacionados con la velocidad, la droga o el alcohol y también con la violencia y el uso de armas blancas o de fuego.
Los Departamentos de Orientación crecen en número de profesores y variedades de titulaciones (pedagogos, psicólogos, asistentes sociales, especialistas en alumnos con minusvalías, especialistas en alumnos con retrasos en el aprendizaje, especialistas en alumnos provenientes de ambientes marginales, especialistas en alumnos procedentes de minorías étnicas, equipos para actuaciones con alumnos absentistas, especialistas en alumnos con conductas difíciles, equipo de modificación de conductas…) Curiosamente las horas dedicas a las materias con mayor carga de contenidos (Historia, Geografía, Filosofía, Matemáticas, Físicas…) sufren progresivos recortes a favor de nuevas asignaturas de nombres inverosímiles, complementarias, suplementarias o de apoyo que hagan más llevadera la vida a los alumnos durante su estancia en los centros educativos.
Todo lo anterior no impide que se den conductas disruptivas en el aula y que el profesor se las vea y se las desee para mantener el tipo y continuar con su labor. Este equilibrio tan difícilmente conseguido día a día suele mantenerse hasta la llegada de la primavera, cuando el acelerón de las hormonas en los jóvenes se hace notar y el profesorado necesita ingeniárselas para terminar con éxito el curso.
Como se desprende del sucinto resumen previo, no necesitamos en los centros educativos estímulos que compliquen la tarea educativa. Justo lo contrario: necesitamos, alumnos y profesores, de tranquilidad, sosiego, madurez, templanza. Los políticos tienen que comprender que los contenidos que quieran introducir en el aula tienen que favorecer el proceso educativo y las relaciones de los alumnos y profesores. Tienen que servir para crear un clima de tranquilidad que favorezca el desarrollo y la actividad intelectual –que es a lo que se va a un centro educativo-. Las conductas sociales que se aprenden en un centro educativo, por supuesto que repercutirán en una mejora de las conductas sociales que después mantendrán en la vida social y familiar o laboral. Pero serán inferidas con posterioridad de lo aprendido en el centro.
No tiene sentido enseñar como relacionarse con un estamento de mando en el ejército, con un director de empresa o con un director de hospital, en la escuela; como tampoco tiene ningún sentido enseñar contenidos universitarios en la ESO. Tampoco tendrá sentido enseñar conductas sexuales propias de situaciones matrimoniales del tipo que sean. A caminar se aprende pasito a paso y enseñar lo básico es facilitar lo venidero, con tranquilidad y sin pretender construir la casa por el tejado.
El sobrino de Atilano Nicolás
