Ya sé que es cuestión de perspectivas. Y que la intención del legislador fue la de poner de relieve que todos los menores de 16, obligatoriamente, deberían estar dentro del sistema educativo. Pero la realidad nos demuestra que la educación es un derecho y nunca puede ser una obligación.
Perdemos el tiempo si obligamos. Lo nuestro, lo de los profesores y por lo tanto, lo de los educadores es animar, entusiasmar. En definitiva, crear una corriente, un movimiento sugerente que envuelva a los alumnos en una actitud positiva, hacia el deseo de aportar lo que tienen y adquirir lo que no tienen.
Un ejemplo. Intercambios escolares. No hace falta mover a todos los alumnos del centro. Mejor sólo un grupo minoritario, controlable y, en cierto modo, que sirva de ejemplo al resto. Los demás admirarán el esfuerzo de esos pocos e intentarán emularlo en algún modo. Cada uno intentará demostrar de lo que es capaz, de aportar lo que posee. Y todos tienen alguna habilidad que pondrán al servicio de los demás. No hablo en teoría. Hablo de hechos reales, vivencias con los alumnos de la mal llamada Enseñanza Secundaria Obligatoria. Requiere, eso sí, ilusión por parte del profesorado (al menos por parte de algunos profesores) e ideas claras de lo que se pretende con esa tarea formativa.
Los alumnos son jóvenes y una característica de la juventud es el idealismo. El profesor que muestra el camino con generosidad, con entrega del propio tiempo y con espíritu de servicio, poniendo todo lo que sabe al servicio del alumno, lo que hace es abrir el sendero, desbrozar y apuntar al horizonte. El resto lo pondrán los alumnos espontáneamente.
No podemos ser ramplones, poco ambiciosos, con objetivos recortados, carentes de ideales nobles.
Es importante mantener la mirada en el horizonte. Saber lo que pretendemos con lo que hacemos. Metas altas. Lo suficientemente altas y nobles para que los alumnos aprecien lo que valen y se entusiasmen por conseguirlas. Retos. Provocar desafíos. En fin, que cada alumno llegue a experimentar la satisfacción que produce saber y que ese saber compensa con creces el esfuerzo que hay que poner para aprender.
Debemos que crear un clima que favorezca el desarrollo de inquietudes intelectuales y humanas. Un clima de libertad y diálogo en el que se expongan las razones de la conveniencia de un respeto a una normativa favorecedora de ese desarrollo. Los alumnos, poco a poco, aceptan el reto de la responsabilidad personal y buscan adecuar su comportamiento a lo que el grupo considera más conveniente. Por eso la educación nunca puede ser obligatoria.
El sobrino de Atilano Nicolás

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