Hoy les he enseñado Madrid, a los alumnos turcos que visitan nuestro instituto -me comentaba la profesora que inglés-. Mientras la cabeza intentaba simplificar la historia de la España de los Borbones, delante de la estatua ecuestre de Carlos III en la Puerta del Sol, y la de la España de los Austrias ante la de Felipe III en el centro de la Plaza Mayor, el corazón se iba encogiendo con el panorama de indigentes y "sin techo", por no nombrar a las pandillas de niños famélicos a la caza del turista despistado.

¿Qué está sucediendo en nuestra España del siglo XXI? ¿Cómo podemos permitir tanta miseria en el corazón de nuestra España? ¿Si no hay trabajo para tanto "sin techo" por qué hablamos de índices de paro que disminuyen? ¿Cómo podemos presumir de políticas que igualan a la mujer, cuando existe una fila interminable de jóvenes en la calle Montera, que une la Gran Vía con la Puerta del Sol, esperando un cliente? ¿Si las políticas son las correctas, si todos estos apartados de la sociedad lo son en virtud de su carencia de salud mental, cómo he asistido hoy a una manifestación pidiendo que se incluyan los gastos de los enfermos mentales y su asistencia médica en los presupuestos de la sanidad pública, en los alrededores del Congreso de los Diputados?

Creo que los políticos van en coches demasiado potentes, cuando no en helicópteros, y no llegan a percibir lo que el ciudadano a pie ve cada día. La alianza de civilizaciones se hace con políticas de formación para el empleo, obligatorias para todo aquel que cruce las fronteras. No podemos permitir que haya un inmigrante que desconozca un mínimo de la lengua española, lo indispensable para poder defenderse de posibles abusos, y que esté capacitado para un empleo, para un salario mínimo. Si no poseen estas dos condiciones estaremos condicionando a esos inmigrantes a la marginación y a la explotación y sus condiciones de vida no serán mejores que aquellas a las que estaba sometido en su país de origen, con el agravante de la soledad y el aislamiento, cuando no, de la posibilidad de verse abocado a acciones criminales para su propia subsistencia. Y esto si que sería una tremenda injusticia con el tercer mundo: juzgar y condenar y castigar aquello que nosotros hemos provocado.

Hoy he paseado con mis alumnas turcas, musulmanas, sin velo, como tampoco lo llevan en su país; he visto como miraban a otras mujeres musulmanas que sí lo llevan por las calles de Madrid. También he visto sus caras de extrañeza ante la miseria de los "sin techo", envueltos en mantas renegridas, tan grises como ellos mismos, fundidos al pavimento de las aceras, sumidos en la depresión de quien ya no sabe siquiera que su existencia es observada por miles de ciudadanos que transitan y que parecen acostumbrados a la indolencia.

¿Qué habrán pensado los estudiantes turcos de esta España que hoy han visto? ¿Merecerá la pena tantos esfuerzos como la UE les está pidiendo para dar luz verde a su adhesión?

El sobrino de Atilano Nicolás