Hoy Nicolasín estaba hablador durante la partida. Hablador e indignado. Fue a la ciudad a renovar el pasaporte porque cabe la posibilidad de que le contraten como profesor de español en Springfield, como el año pasado. En la ciudad es necesario hacer “la cola” para todo. Así que allí estaba, a las nueve menos cinco, esperando a que abriesen la oficina de la Caja de Ahorros, justo al lado de la comisaría dónde iba a renovar su pasaporte. En la cola había ya media docena de personas, con aspecto de ser jubilados y amas de casa.
-“De pronto, a mi espalda, en dirección a la comisaría y a los juzgados, un joven de unos veinticinco años, comenzó a dar voces y a amenazar a su madre –de unos cincuenta, más o menos-. Tenía un papel en la mano que bien pudiera ser una citación del juzgado y la amenazaba con pegarla si no iba con él en aquella dirección.
La señora, avergonzada, se ocultó detrás de unos árboles que había en la acera. Si se hubiese aproximado a los que estábamos en la cola, creo que todos le hubiésemos ayudado. La violencia de aquel joven nos dejó sin saber cómo reaccionar. Después de unos momentos sumamente desagradables, la madre cedió y caminó con él hacia dónde él quería.
Los que estábamos en la cola, poco a poco comenzamos a comentar aquella situación. Un ama de casa sugirió algo así como ¡qué pena de aborto! Un jubilado que estaba delante de mí, movió la cabeza sin poder pronunciar una palabra. Y yo no dije nada. Sentí una vergüenza ajena impresionante.”
Tu comentario, querido tío Atilano, dejó la cuestión muy bien zanjada. Es cierto que aquella mujer, aquella madre, seguro que tuvo que trabajar mucho para ver hecho un hombre a aquel crío que dio a luz hace veintitantos años. Por lo tanto, no se merece, de ningún modo, esa actitud violenta por parte de su hijo.
¿Pasaría esto mismo en un pueblo, dónde la gente se conoce? ¿Permitiríamos aquí que un joven se dirigiese a su madre en eses términos? La sociedad hace un poco de “almohadilla” en las relaciones. La sociedad próxima. En el caso de la familia que vive en una ciudad, la sociedad más próxima, y muchas veces la única, son los hermanos y el otro progenitor. Las familias numerosas tienen esa ventaja: los hijos crecen en un ambiente de autocontrol. Tienen que aprender a compartir sus cosas y a refrenar sus instintos agresivos desde muy pequeños, cuando la autoridad de los padres no se puede discutir. Si no existen esos hermanos que rivalizan, que delimitan el espacio, y esos padres que controlan, el niño crece a lo “salvaje”, a sus anchas, y después, cuando se encuentra con que en la vida no siempre puede hacer su voluntad, surge la violencia; una violencia que nunca aprendió a controlar.
Y remataste la faena con una observación:
-Ahora sacad vosotros, que sois jóvenes, la moraleja para vuestra propia vida.
Nicolasín, este curso, se llevará a Springfield algo más que el pasaporte.
El sobrino de Atilano Nicolás

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados