Tres rosas amarillas
Raymond Carver
Anagrama, Barcelona, 2001

Verdaderamente es una situación muy dolorosa. Pilar y Teo, después de veinte años juntos, se quieren divorciar. Empezaron con lo puesto y han sabido sacar su familia adelante y ahora salen con esto.

Doña Carmeli, como maestra de su hijo pequeño, les llamó por teléfono y les dio una hora de visita. Creo que el chico lloraba en la escuela, que no tenía consuelo.

Después me contaron que lo que Doña Carmeli había hecho era leerles un relato del libro Tres rosas amarillas. El relato se titula “Menudo”.

Cuando Doña Carmeli terminó la lectura cerró el libro y sin dejarles decir una palabra –aunque tampoco hubieran dicho nada porque no entendían a qué iba todo aquello- les contó que su autor, Raymond Carver, había muerto justo el año que ellos se habían casado, 1988. Que era un norteamericano que pertenecía a una sociedad en la que el divorcio siempre había estado reconocido y en el que era normal encontrar, como reflejaba el relato, parejas formadas con los “restos de anteriores matrimonios”. Que la causa de todas esas rupturas, como el escritor apuntaba, solían ser infidelidades y abandonos y que las consecuencias, aunque estaba el divorcio permitido y la sociedad lo aceptaba, las sufrían las propias personas que se divorciaban en primer lugar. Y continuó leyendo una crítica de dicho relato que llevaba escrita en unos folios:

“Menudo” es el título del tercer relato. Y yo añadiría “lío”. Menudo lío es en el que se mete el protagonista de este relato. Un hombre casado que tiene llorando a su mujer en la cama porque ha descubierto que él es infiel, aunque no sepa con quién. Desde la ventana, este hombre “que no puede conciliar el sueño” ve la luz de la casa de sus vecinos. El vecino se ha ido, no sin antes anunciar a la mujer que debía abandonar la casa por infidelidad. Así, el protagonista del relato no sólo ha hecho llorar a su esposa si no que ha destruido el matrimonio de los vecinos.
En la soledad de la noche, sin poder conciliar el sueño recuerda el dolor que le causó su mujer actual, que también había abandonado a su primer marido, cuando descubrió que ella le era infiel con otro desconocido. Pero aquello se superó. Así mismo recuerda que él mismo abandonó a su primera esposa Molly, su amiga de la infancia y de la juventud. No sólo la dejó, se fue de casa. Molly terminó en un psiquiátrico y jamás acudió a visitarla ni le prestó ninguna ayuda. Y el recuerdo de este abandono le llevó a otra omisión también dolorosa: su madre le había pedido una radio pocos meses antes de morir. Él no atendió a ese ruego.
Ahora desearía desandar todo lo andado y poder dormir. Tampoco puede concentrarse lo suficiente para leer. Desearía que su vecino perdonase a su esposa y todo regresase al punto de partida. Pero su vecino parece implacable.
La solución que tomó, cuando Molly estaba internada y sentía la obligación de ir a visitarla, había sido visitar a un amigo y emborracharse. Su amigo cocinó para él un guiso denominado “menudo” que nunca llegó a probar pues se quedó dormido y cuando despertó ya se había terminado.
–“Esta noche no: sólo leche caliente.” Está amaneciendo y decide ponerse a recoger las hojas de su jardín “como se debe hacer”. No sólo recoge las de su jardín. También las del jardín de otra pareja vecina. Así asiste a la escena en la que la esposa fiel despide al esposo fiel que se va al trabajo “como debe ser”.
“Estoy como desquiciado de no dormir. Daría cualquier cosa, casi cualquier cosa, por poder conciliar el sueño, por dormir el sueño de los justos.
¿Por qué necesitamos dormir? ¿y por qué dormimos menos en unas crisis y más en otras?” págs. 73-74

Esas son las consecuencias que padecen las personas que buscan la salida a sus problemas en el divorcio. Una rotura interior que trastorna y desquicia. Eso sólo si hablamos de la pareja. Pero muchas veces, hay terceras personas, inocentes, que también sufren directamente las consecuencias: me refiero a los hijos.

En fin, que les prestó el libro y les pidió que lo leyesen juntos y que volviesen a los pocos días para comentar la opinión que les merecía el divorcio. Se despidió y salió de la habitación dejándoles sentados para que se fueran solos.
Esta profesora se toma muy en serio los problemas de sus alumnos. ¿No te parece que es así, querido tío Atilano?

El sobrino de Atilano Nicolás