Qué queda de sus ideas 50 años después de su muerte, en 1956.

Celia, la novia de Nicolasín es una defensora a ultranza del Cientificismo . Para ella, progreso y ciencia van de la mano y no puede darse el uno, en la sociedad, sin el avance del otro. Y todo aquello que se oponga a la ciencia, incluidos los límites legales, morales o religiosos, debe ser abolido. Por eso, la lectura de El árbol de la Ciencia de Pío Baroja, no hizo otra cosa que confirmarla en lo acertado de su postura.
-“El libro, pese a ser una novela, recoge ideas del idealismo alemán. Cita a varios filósofos y sus obras (La Ciencia del conocimiento, de Fichte -1762-1814; Parerga y Paralipomena, de Schopenhauer -1788-1860; La crítica de la razón pura, de Kant -1724-1804). El protagonista de esta novela, Andrés Hurtado, estudiante de Medica en la primera parte del libro y médico después, asume como propias algunas de la ideas de los filósofos alemanes y basándose en ellas, somete a crítica todos y cada uno de los estamentos de la sociedad madrileña de finales del XIX. No se salva nadie: clases altas como la nobleza y la burguesía, las clases bajas, estudiantes y profesores de la universidad, amos y criados, clero, la Masonería, políticos, militares, campesinos y ciudadanos, hombres y mujeres...
A medida que va sacando a la luz todo “lo mejorable” de cada capa social, su carácter se va amargando. Y esta amargura le lleva, por un lado a buscar culpables (generalmente la Iglesia Católica, las autoridades políticas o las clases influyentes aunque tembién acusa a los desposeídos por su negligencia) y por el otro, a su aislamiento social y a su autodestrucción. Andrés Hurtado sólo es feliz, encuentra una especie de refugio, compartiendo su amistad con una joven inteligente, Lulú. Su compañía primero y su matrimonio después, le brindan paz, sosiego y cierta felicidad. Tras la muerte de Lulú, sólo le queda el suicidio.”
Escuchar a Celia es todo un placer. Se expresa muy bien. Se ve que es una intelectual. Sin embargo, querido tío, yo vi tu cara de desaprobación. No supiste rebatir sus ideas con palabras. Pero cuando te quitaste la boina y enarcaste las cejas con una mueca de sorna, casi pude adivinar lo que te hubiera gustado decir.
Tanta fatiga para adquirir una ciencia que luego te empuja al suicidio, al de Andrés Hurtado, no sé si merece mucho la pena. No mejora nada ni a nadie. Hoy, 50 años después de la muerte de Pío Caro Baroja, repasamos las ideas que el autor vertió en esta novela y, aunque constatamos que la sociedad española del siglo XXI ha sabido evolucionar hacia una situación mejor en muchos aspectos, aún queda mucho “mejorable”. La ciencia evoluciona y precísamente porque no es perfecta, puede ayudar al hombre a mejorar, en la medida en que va aplicando sus descubrimientos a la vida humana.
La Ciencia, con letra mayúscula tiene que estar por debajo del hombre. A su servicio. Por eso necesita unos límites. A los alemanes, seguidores del idealismo, este afán cientificista por buscar la raza perfecta, les condujo a someter a sus investigaciones, como conejillos de indias, a seres humanos que ellos consideraban como raza imperfecta (tantos judíos sufrieron sus experimentos), a abusos sin nombre. Y aquellos científicos encontraron en la destrucción de seres humanos su propia autodestrucción: el suicidio o la cárcel y el aborrecimiento del hombre de los siglos venideros.
¿No será que las leyes morales no son una barrera para la ciencia y el progreso, si no más bien una ayuda, una orientación, el aviso de que ir más allá conduce al precipicio?
Sé, querido tío Atilano, que de haber sabido decir todo esto, lo habrías dicho, pero, claro, tú no eres un hombre “estudiado”.
El sobrino de Atilano Nicolás

La agonía del Cientificismo. Una aproximación a la filosofía de la ciencia. Carlos Javier Alonso, Eunsa, Pamplona, 1999