Debes saber, querida Clara, que por mucho que una mujer desee tener un hijo, siempre se produce una tremenda guerra en su interior: su instinto de conservación de la propia vida le avisa de que correrá peligro. Así es. La mujer dona su cuerpo, durante nueve meses. Se lo presta a su hijo, como una cuna de amor, para que pueda llegar a la madurez necesaria para salir al mundo. Y por lo tanto, instintivamente, reconoce que habrá incomodidades (cansancio, calambres, ardores en el estómago, ganas devolver…), cederá a su hijo la preferencia en cuanto a la utilización de los principios alimenticios de cuanto coma (por eso deberá ser más selectiva en la elección de alimentos: alimentos más ricos en calcio por ejemplo), etc.
Esta lucha interna es semejante a la que tiene un escritor enamorado de su arte pero que sabe lo costoso de la tarea de escribir y siempre rehúye el momento de comenzar. O la lucha de cualquier otro trabajador que es feliz en su trabajo pero que conoce también aquello de “ganarse el pan con el sudor”.
La fuerza del instinto de la conservación de la especie tiene que vencer a la fuerza del instinto de la conservación de la propia vida. Y son las dos fuerzas naturales más fuertes que existen: una batalla fuerte.
La mujer que quiere ser madre dentro de una relación de pareja estable –y más aún dentro del matrimonio para siempre, que es el que requiere el sacramento de la Iglesia Católica- recorrerá ese largo camino de nueve meses en unas condiciones psicológicas de adecuada protección.
Un ejemplo. Un puente que cruza un precipicio. No es lo mismo cruzarlo sobre un tronco, a pelo, que sobre un paso con barreras laterales. Eso es, psicológicamente, un hombre que acepta las consecuencias del amor a su esposa, que acepta a su hijo en el vientre de su esposa: las barreras de protección que aseguran al niño una feliz llegada.
Una mujer que entrega su cuerpo a un hombre dentro del matrimonio, además de sentir la felicidad del amor, siente la seguridad psicológica de saberse querida, ella y su hijo; de saberse aceptada y de que su esposo estará a su lado durante toda la vida para sacar adelante a su hijo. Ese hijo, al cual entrega su cuerpo generosamente durante los primeros nueve meses de su existencia.
Ahora Clara, tesoro mío, tenemos que averiguar si el joven al que has entregado tu cuerpo, entiende y acepta también tu maternidad. Sí es así, a pesar de vuestra juventud, haremos todo lo posible para que seáis felices juntos y luchéis juntos por este hijo que ya está en camino.
Si no es así, tendrás que hacerlo tú sola. Tendrás que mirar al final de ese tronco y mantener la vista fija en ese niño que tendrás en tus brazos dentro de unos meses. La vida, las incomodidades del embarazo, las críticas de los demás y los otros etcéteras, los mantendrás por debajo del tronco, al que sólo mirarás de soslayo, mientras caminas. Cuenta con mi apoyo, que para eso soy tu abuela.
El sobrino de Atilano Nicolás