Asamblea de jubilados en mi pueblo
Me escribe mi tío y me cuenta que se ha celebrado ayer una asamblea de jubilados.
La había convocado la señora Manuela, alarmada por la visita de un joven elegante y bien parecido que había llamado a su puerta pretendiendo que le dejase pasar para medir la superficie de su cocina. El joven dijo que venía del Instituto Nacional de Estadística y que el tal organismo estaba elaborando una estadística de la superficie de las cocinas rurales en relación con el número de habitantes de cada casa.
La alarma cundió en la asamblea. Todos recordaron con añoranza aquellas maldades infantiles cuando se intentaba ver las pantorrillas de las chicas entretenidas en los juegos de la escuela, o se atisbaba tras las ventanas iluminadas de las mozas. Y que todo aquello se hacía a sabiendas de que estaba mal y que luego merecería un “capón” del párroco cuando tocase confesión. Aquella represión moral socialmente consensuada es lo que no tienen los jóvenes de hoy día. Muy al contrario, se les dice que pueden hacer de su cuerpo “un sayo”. Desde su más tierna infancia oyen que el cuerpo es para disfrutarlo y claro, cuando llegan a hombres hechos y derechos ya se han cansado del placer de su propio cuerpo y de someterlo a toda clase de experimentos. ¿No será la explicación psicoanalítica o psicosomática o psico-social a tanto desquiciamiento, a tanto descalabro, más, a tanto asesinato en serie inexplicable? ¿No será que cada uno tiene que aprender a poner un límite personal a lo que “le apetece”? ¿Podrá el estado pagar un policía para salvaguardar la vida y el honor de cada anciana?
Naturalmente yo no sé responder a las preguntas que me tío me hace en su carta.
El sobrino de Atilano Nicolás

